Sus gustos eran sencillos pero con la mayor exquisitez que implicaba lo sencillo. Su comida favorita era la mazamorra de maíz tostado con muchas habas y libro bien picado. Le gustaba viajar a Tocaima y Girardot porque allá estaba enterrado su padre, era un viaje maravilloso lleno de piscinas, buena comida y cosas tranquilas. Nada de aventuras extraordinaria. Lo extraordinario era verlo lanzarse de un trampolín de 5 metros con toda la maestría de un buen nadador.
Nos dio mucho amor, a cada uno de sus cinco hijos adoptivos nos amó de acuerdo a nuestras necesidades y siempre más de lo necesario. Pero quizás lo más grandioso de él fue el amor que le ofreció a nuestros hijos. Un abuelo excepcional, preocupado por el bienestar de sus nietos y bisnietos, orgulloso de sus logros, con palabras de amor cada vez que los veía o llamaba. Siempre pendiente de su familia que iba creciendo, siempre tratando de colaborar en todo y con todos. Y sobre todo, siempre pensando en organizar una buena comilona con los productos más suculentos y a todas luces peligrosos para esta nueva generación light de comida saludable. Vivió 92 años y no pudo comer solamente en el último mes de su vida. Cuando se le preguntaba por el secreto de su longevidad nos daba la receta: maíz y habas tostadas, una buena mazamorra, chichita, carne de toda clase con buena papa salada. En los 41 años que estuvo con nosotros se le notaba la felicidad que llevaba, siempre al lado del amor de su vida, mi mamá. La amó como muy pocas personas pueden amar, siempre pendiente de ella, en función de ella y aceptando su vida y su personalidad con amor: tranquila mija, que vamos hacer lo que haya que hacer. Siempre pensando a largo plazo, olvidando el fantasma del tiempo y de la muerte. No le preocupaba. Le preocupaba más el futuro y el bienestar de su familia.
Viajó por todo el país, pero nunca montó en avión, le emocionaba pero al mismo tiempo le aterrorizaba la idea de no tener los pies sobre la tierra. Preferiría la parsimonia del tren, su otro gran amor. Sus historias del ferrocarril parecían en blanco y negro, o más bien, de un mundo que nunca conocimos ni conoceremos. Las estaciones, las jornadas de trabajo, los peligros, cuando conoció a Tirofijo en tal curva, cuando íbamos para tal parte, entonces nos salieron los muchachos y Tirofijo nos dijo que lo arrimáramos más abajo y se montó en el último vagón, en ese momento yo era enganchador. Juanito me llevó en tren a Santa Marta cuando tenía 9 años y fue uno de los viajes más sorprendentes que he hecho, lleno de montañas, túneles, puentes iluminados, ciénagas, estaciones, 27 horas disfrutando un viaje eterno entre las grandes sillas y vagón comedor. Parece un sueño en un país donde la palabra tren ya no existe. Mi papá Juanito nunca tuvo hijos naturales, pero tuvo una familia que lo amó hasta el último suspiro de su vida. Muchos tenemos hijos pero nos falta una familia. Ese fue el gran ejemplo que nos dio y un legado que deberíamos buscar y preservar.



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