jueves, 16 de abril de 2015

Temblando

Hace muchos años, cuando cursaba 9 grado, estaba en furor el rock en español y apareció una canción fabulosa de los Hombres G, “Temblando”. De inmediato se convirtió en un himno, sobre todo para un adolescente angustiado y decepcionado de la vida como yo. Todo marchaba muy mal, el colegio no funcionaba, el amor verdadero no aparecía, o si había llegado se marchaba muy rápido, los problemas familiares se mostraban monumentales, la economía no era la mejor y mis compañeros no querían entenderme. El fin estaba próximo, lo presentía, no había ninguna esperanza. Tanto era la angustia que hasta los problemas mundiales se volvieron una obsesión, la inminente guerra nuclear, los grandes héroes revolucionarios que iban muriendo, el problema de la vida en este planeta y su posible extinción por fuerzas extraterrestres,  etc. Todos estos problemas trascendentales que vive un adolescente me confinaron a mi cuarto y a escuchar la canción “Temblando”. Y en verdad temblaba, no sabía a ciencia cierta por qué, pero temblaba y la música me acompañaba en ese sufrimiento existencial. Mis noches finalizaban escuchando Radio Tequendama, el rock en español y las baladas americanas que tanto hacían soportable mi insignificante vida. 
Pero amanecía  y nuevamente el mundo estaba allí. Todo parecía igual pero no era así, el tiempo estaba pasando, todas las cosas se iban volviendo irrelevantes o más conflictivas, pero el tiempo iba pasando. Leía, escuchaba, veía. Las cosas hermosas me estaban rodeando y no sabía entenderlas. Poco a poco me fui asombrando por el mundo, cómo era de ancho y ajeno, finalmente algo que a mí no me importaba: yo lo quería conocer, agarrarlo, destrozarlo y volverlo a rehacer. Su colorido, su sonoridad, lo que decía. Eso era lo mejor. La literatura, la música y el cine me bridaron ese placer. Claro que a veces me patearon en la cara y casi me fui al abismo. Era imposible tener alguna esperanza después de ver a Betty Blue en un inmenso teatro de Chapinero con unos pocos espectadores;  o la rabia que nos daba al saber que la familia Buendía no tendría una segunda oportunidad sobre la tierra; finalmente escuchar la canción “Temblando”, en la oscuridad de mi cuarto, después de que el amor de mi vida me dijera que ya no quería volverme a ver.
Entonces la muerte se convierte en la mejor solución. Apague y vamos. Pero es ahí donde inicia el problema. 
Después de casi treinta años de haber pensado en esta absurda solución, reflexiono en todo lo que hubiera perdido si un hecho como este se hubiera llevado a cabo. Las personas que jamás hubiera conocido, el amor a los padres y la familia, el amor a los hijos, el amor a las mujeres, el amor a los amigos. Tantas cosas han pasado por mi vida que me siento agradecido. Todavía me falta mucho por conocer en todos los aspectos. Ver crecer a mis sobrinos, superarse y mejorar en todos sus proyectos, extenderse la familia es una gran bendición de la vida. La parsimonia y sabiduría de mis padres que cada día me enseñan cosas nuevas. El milagro de mis dos hijos, en condiciones diferentes, que los hacen únicos. Los amigos, que parecen pocos pero fundamentales, me acompañan en esta soledad de la vida. Mis estudiantes que se convirtieron en una razón de ser, donde pude explayar todo mi conocimiento, no siempre de la mejor manera. Todo el amor que me han brindado las mujeres de mi vida, de una u otra manera estoy muy agradecido con ellas, han forjado mi corazón, bien sea con amores o desamores. Espero que lleguen muchas más. 
A veces uno no puede estar con la persona que más ama, sobre todo cuando resulta que esa persona es una mujer, no una supermodelo, sino una hermosura que apenas va a cumplir tres años. Sin embargo se convierte en una motivación para seguir amando la vida. Otras veces el destino nos depara el encuentro fortuito con un amor perdido, que de alguna manera nos motiva a rememorar nuestras mejores épocas, pero con más calma. Algunas veces, el verdadero amor aparece en un esquina, en un bus, en una fila, pero desaparece apenas nos rozamos, nada es para siempre. Hace poco vi una película del director  Wong Kar-wai, “Chungking Express” y nadie como él para entender los problemas del amor y su imposibilidad. Unos personajes solitarios que buscan el amor, pero que se cierran tanto o se ciñen a su pasado, da como resultado el impedimento de estar juntos. Así sucede con sus dos obras maestras “Deseando Amar” y “2046”.  Todas llenas de pasión, de música seductora, hermosas escenas y un dolor profundo por no quedarse por siempre con el ser amado como debiera ser. Eso pasa en el amor. Sin embargo estamos para eso. Es lo que nos hace más fuertes, más sólidos, más maduros y lejos de la angustiosa adolescencia.
Pero la vida es terrible, tiene una ironía aterradora, en cuanto más se quiere, más nos golpea. No todo puede ser de la mejor manera. Y este escrito no me lleva a un desamor, sino a algo peor, una desilusión de la vida. Hace unos meses me enteré que un estudiante mío había muerto hacía más de un año. Fue un choque total para mí. No lo podía creer, recordé sus palabras en el salón, su risa, los chistes, sus nervios al exponer, todo ese escepticismo y crítica frente al sistema, una sociedad que no brindaba nada y sin embargo él estaba terminando su carrera con la esperanza de cambiar su vida. Creo que lo logró. Sus hijos así lo entendieron. Lo que da rabia es que una enfermedad terminó con sus aspiraciones y sus esfuerzos, así no más. Y yo me enteré un año después. Eso no lo entendía. Hoy, otro de mis estudiantes ha muerto y esto es más duro para mí, no tanto por rechazar el ciclo de la vida, sino por la juventud de él. Lloro por él, todo es tan inexorable, un adolescente apenas, que le explota el mundo encima y nos preguntamos ¿por qué? Me siento impotente, como todos sus seres queridos, pensando en qué hubiera podido ayudar, en cuáles palabras le hubieran salvado la vida, pero nada tiene explicación. Sábato, en su novela “Sobre héroes y tumbas”, tiene un personaje adolescente al que le ocurre la terrible tragedia de haber perdido a su gran amor, Alejandra. No tiene familia, no tiene futuro y todo está perdido. Llega a un hotel barato con la intención de quitarse la vida. Pero amanece, ve por la ventana al señor de la leche, a las personas que van al trabajo, a todo el mundo realizando las cosas cotidianas como si todo siguiera igual, entonces Sábato le perdona la vida a su personaje. Le preguntaban por qué y él decía que un adolescente no debe morir, es nuestro deber que esto no ocurra. Por el contrario, Martín se va para la Patagonia a buscar el frío que lo purifique. Si algo no acepto es la muerte de un joven. Son ellos los que deben tragarse el mundo y transformarlo a su imagen y semejanza, hay que brindarles todas las oportunidades, decirles que el mundo vale la pena, que hay siempre algo nuevo para hacer, que a pesar de todas las derrotas, siempre el mundo estará a nuestros pies. Pero no lo hice. Siento que lo estoy haciendo demasiado tarde, y por eso, en la oscuridad de mi cuarto, vuelvo a estar temblando.

jueves, 26 de marzo de 2015

El día de la “exelencia”

Hace muchos años, para mitigar un poco nuestra pobre condición de estudiantes, decidimos con algunos compañeros iniciar la primera empresa académica alrededor del barrio donde vivíamos. Yo me encargué de realizar un letrero que promoviera nuestras cualidades intelectuales: “Se hacen trabajos en computador, se realizan tareas, se escriben ensayos, se hacen cartas. Se garantiza exelente ortografía”. Nuestro negocio fracasó de inmediato por obvias razones. A veces no sólo bastan las buenas intenciones, hay que tratar de ser coherentes con lo que se dice y se hace. Creo que lo mismo sucede con la excelencia educativa que tanto habla el gobierno en estos días. A esa excelencia le falta algo, igual que la misma exelencia de mi publicidad. Quiero exponer algunas reflexiones que tengo sobre los problemas de la educación en este país.
El primer problema que veo en la educación es el supuesto enfoque democrático que se le pretende dar ahora. 10.000 becas universitarias para los mejores estudiantes de este país. Podrán estudiar en las mejores universidades de Colombia. Entonces los mejores estudiantes deciden ir a estudiar a las universidades más caras (entre más alta sea la matrícula será mucho mejor la universidad). Esto es toda una falacia. Un estudiante paga diez millones de pesos por un semestre en la universidad de los Andes. Está garantizando una calidad académica insuperable, además que su futuro se asegura porque se codea con la crema y nata de este país. Ésta es otra falacia peor. Me invitaron a una reunión de la universidad donde trabajó en el club El Nogal, en el norte de Bogotá. Todo era espectacular, grandes salones, decoraciones majestuosas, ascensores impolutos, hasta me puse corbata después de diez años. Pero todo pasó muy rápido. Del ascensor me indicaron rápidamente a dónde me debía dirigir. Los discursos fueron muy largos y el cóctel muy corto. Luego de dos horas todo terminó. Nos equivocamos de ascensor y terminamos en el gimnasio y la sala de squash. Nos miraron raro. Éramos unos desconocidos a pesar de las corbatas, no teníamos derecho al acceso de esos lugares a pesar de estar en el mismo edificio. Tampoco queríamos entrar. Simplemente estábamos perdidos. No creo que la equidad consista en que los pobres vayan a donde los ricos se divierten, y por un segundo puedan conocer lo que es el paraíso. No creo que por estudiar en una universidad de clase alta, ya pertenecemos a las élites de este país. Por el contrario, se termina siendo la escoria del paraíso, el ladrón de poca monta que ha venido a subvertir la paz que tanto ha caracterizado a tan magnánima institución. Paradójicamente, el programa de becas termina beneficiando, más que a los estudiantes, a las mismas instituciones. Las universidades privadas son un negocio, su primer propósito es ser rentable, y lo son. Muy rentables. Y eso no está mal, por eso es un negocio. Algunas se preocupan por la excelencia académica, cumplen con una buena cantidad de requisitos, apoyan investigaciones, promueven el avance académico. Otras sólo quieren cumplir con la acreditación del Ministerio de Educación. Si se hace algo importante es para mostrarlo en la visita de los “pares académicos”. Creo que con los diez millones que vale un semestre en una universidad privada, podrían estudiar diez estudiantes en una universidad pública. Siempre he sido un defensor de la universidad pública, a pesar de que trabajo en universidades privadas y las respeto mucho. Pero definitivamente las universidades públicas son las que mejor hacen el trabajo para acabar con la brecha social. Una universidad que promueva estudiantes de altas calidades académicas, con un sentido social, capaz de confrontar cualquier problema, asumir responsabilidades y buscar soluciones efectivas. “Sí, pero quienes mandan en este país salieron de una universidad privada. Allí están los contactos” me argumentan. Les recuerdo que Colombia no es el mejor país en lo que respecta a sus instituciones públicas, no ha sido manejado de la mejor manera, no es un dechado de virtudes. No quiero generalizar esta idea, tengo estudiantes de universidades privadas que son excelentes académicos, grandes profesionales que no sólo piensan en una educación para el trabajo, sino en una educación para la empresa. Simplemente pienso que el Estado debería apostar por la educación. Consolidar grandes universidades públicas que le dieran acceso no sólo a los estudiantes más pilos de este país, sino a los menos pilos, a los que están en la media, a los que por una u otra razón han sido víctimas del desastroso problema de la educación básica y media de este país. Al fin y al cabo todos tenemos derecho de educarnos en las mejores condiciones, pero óigase bien, todos. 
El segundo problema que quiero abordar está referido a los docentes del estado. Cada cierto tiempo se realiza un concurso nacional para ocupar vacantes o suplir necesidades de docentes en el territorio nacional para colegios y escuelas. Hacia el 2002 se realizó un concurso docente después de un buen tiempo de no haber hecho convocatorias. Todo profesional podía inscribirse, lo único necesario era el talante y las ganas de enseñar, pasar el examen y cumplir con la entrevista. Por supuesto que muchos profesionales que se encontraban desempleados decidieron apostar su futuro a un trabajo estable, incluso a costa de ver frustrados sus sueños como ingenieros, arquitectos, matemáticos puros, críticos literarios, administradores de empresas, e incluso médicos. No importaba si no tenían una vocación pedagógica, lo importante era buscar un salvavidas en un país donde las oportunidades son escasas. La pedagogía se aprende en la medida en que se va enseñando. Lo importante es que yo como profesional sepa mucho del tema. Y así fue. Los exámenes valoraron, y aún siguen valorando, el conocimiento básico de su área. Algunos problemas básicos de pedagogía que se supeditaban a la lógica, hacían parte del enfoque educativo del examen, pero nada más. Había que dar trabajo y garantizar la cobertura académica, la forma como se iba a enseñar el conocimiento quedaba relegado a un segundo plano. En el camino se arreglan las cargas. Y entonces aquí quienes estaban en la obligación de defender la pedagogía no lo hicieron. Los estudiantes de la Universidad Pedagógica realizan cada cierto tiempo marchas, asambleas permanentes, bloqueos, pedreas y otro tipo de ejercicios gimnásticos heroico sociales en defensa de la lucha social, la universidad pública, la terminación del imperialismo mundial, la defensa del gobierno de Venezuela, la memoria de los caídos, y el derecho a la protesta, entre otras luchas propias del espíritu revolucionario. Pero se les olvidó luchar por lo fundamental, por su futuro como licenciados. Los licenciados hoy en día están de capa caída, son los culpables de la baja calidad académica, están entre los más bajos índices de evaluación, no cumplen con los mínimos requisitos de un docente idóneo en este país. Eso lo dicen las estadísticas, eso lo dice el concurso docente. Pues claro que sí. En un examen de conocimientos matemáticos se enfrentan un matemático puro, un ingeniero de sistemas y un licenciado en matemáticas. Los dos primeros llevan diez semestres enfrentados a los números mientras que el tercero perdió la mitad de su carrera aprendiendo estrategias pedagógicas, modelos educativos y enfoques académicos para enseñarme de la mejor manera, lo poco que aprendieron de matemáticas. Una cosa es saber un tema y otra cosa es poderlo enseñar. Dentro de mi experiencia como docente he aprendido algo muy importante, y es que si yo quiero saber de un tema muy bien, definitivamente la mejor manera es enseñarlo. Se organiza un curso y se discute con los estudiantes. Esa pelea no la supo hacer la Universidad Pedagógica y por eso encontramos hoy en día tantos docentes frustrados que se aferran a un salario absurdo pero estable, sin ninguna intención de mejorar, de transformar la educación de este país. Y se nota. Los niños que entraron al sistema educativo en este país en el 2002 presentaron la prueba PISA en el 2012 y ahí se vien los resultados. Somos casi los últimos a nivel mundial. En este país se debió priorizar la pedagogía antes que el conocimiento. Y esto me lleva al siguiente problema.
El tercer problema que quiero abordar está relacionado con la prueba PISA y nuestro desempeño a nivel mundial. Segú el ICFES,
"PISA (Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes, por su sigla en inglés) es un estudio internacional comparativo de evaluación educativa liderado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), que tiene como propósito principal evaluar en qué medida los jóvenes de 15 años de edad han adquirido los conocimientos y habilidades esenciales para su participación en la sociedad, a fin de identificar elementos que contribuyan al desarrollo de competencias y sea posible establecer diálogos sobre los aspectos que debe atender la política educativa de los países.
Este estudio se realiza en ciclos trianuales en los que se evalúan competencias en lectura, matemáticas y ciencias. En cada ciclo se hace énfasis en una de estas áreas. En 2000 PISA se centró en lectura; en 2003 el énfasis fue matemáticas; en 2006 en ciencias y nuevamente en lectura en 2009, año en que también se exploraron las habilidades asociadas con la lectura en medio digital. En 2012, el énfasis es en matemáticas, alfabetización financiera y resolución de problemas y en 2015, será en ciencias. Colombia participó por primera vez en PISA en 2006; en esa oportunidad fueron 57 los países participantes. En PISA 2009 este número se incrementó a 67 países, que representan el 87% de la economía mundial. En 2012 también participan 67 países, entre ellos Colombia".
En el año 2012 Colombia ocupó el último lugar y para todos fue un tremendo escándalo. Somos los más brutos del planeta. Bueno, cien años de violencia salvaje, masacres, bombas, secuestros y políticos también justifican este ingrato adjetivo. ¿Y por qué nos va tan mal en este tipo de exámenes? Entonces nos ponemos en los zapatos del estudiante. ¿Qué tipo de preguntas les hicieron, cuánto tiempo tuvieron, quiénes hicieron y evaluaron las preguntas? Analicemos una pregunta y quizás podamos entender el problema.
La fórmula para la máxima frecuencia cardiaca recomendada = 208 – (0,7 x edad) se usa también para determinar cuándo es más eficaz el ejercicio físico. Las investigaciones han demostrado que el ejercicio físico es más eficaz cuando los latidos cardiacos alcanzan el 80% de la máxima frecuencia cardiaca recomendada. Escribe una fórmula que calcule la frecuencia cardiaca recomendada para que el ejercicio físico sea más efectivo, expresada en términos de edad.
Ejemplos de respuestas: • Frecuencia cardiaca = 166 – 0,56 x edad. • Frecuencia cardiaca = 166 – 0,6 x edad. • f = 166 – 0,56 x e. • f = 166 – 0,6 x e. • Frecuencia cardiaca = (208 – 0,7 x edad) x 0,8.
Qué veo aquí. Un problema complejo que requiere una respuesta rápida y efectiva. Para eso se requiere una palabra básica dentro del mundo de la pedagogía: la estrategia. ¿Será que el niño de Singapur es mucho más inteligente que el niño colombiano? ¿Tiene colegios más bonitos, es más juicioso, no tiene dificultades económicas, no es pobre, es una raza superior? No lo creo. El problema radica en la estrategia. El profesor de Singapur enseña mejores estrategias para resolver un problema que el profesor colombiano, por lo menos son más efectivas y ágiles. Saber enseñar significa hacer entendible lo que aparentemente no se puede entender y para eso se requieren metodologías que permitan hacer fácil lo difícil. Cuando enseño gramática, procuro poner ejemplos prácticos, jocosos y hasta absurdos que permitan afianzar cierto concepto complejo de una manera menos dramática. El que tenga la mejor estrategia definitivamente resolverá el mundo a su favor. Nos ganan no porque sepan más, sino porque son más hábiles a la hora de exponer esos conocimientos. ¿Y quién enseña estrategias? Un docente con vocación. Alguien que sepa de pedagogía, alguien que tenga didáctica para enseñar lo que sabe. Cuando dicté el curso de Didáctica de la literatura en la Universidad Pedagógica, mi principal preocupación radicaba en cómo brindarle a ese futuro docente las herramientas necesarias para enseñar algo que aparentemente no tenía un valor práctico pero sí un valor espiritual: la literatura. Un cuento, una novela, un poema debe llegar a sus estudiantes. El problema no es que lo lean, el problema es que se apasionen por lo que leen. Para hacer eso se requiere de estrategias. Algunos docentes lo hacen, otros no les interesa, al fin y al cabo están allí por situaciones ajenas a su voluntad, otros aplican la estrategia del mínimo esfuerzo. Y esto nos lleva al siguiente problema.
Por estos días, un concejal de mi pueblo natal me pregunto sobre cuál era el principal problema de la educación en Nemocón. Le respondí que “La innovación”. La falta de innovación educativa ha generado un retraso clave en la calidad académica. Y este problema aplica tanto para ese pequeño lugar como para todo el país. Pero ¿qué significa innovación? La juventud es atrevida, y muchas veces el joven profesor llegar con ideas revolucionarias para tratar de cambiar esa concepción paquidérmica y menguada en la que está sumida toda la educación. De inmediato todo el mundo se pone alerta. Esto es muy peligroso, puede traer consecuencias nefastas, alterar el equilibrio de la comunidad educativa. Innovar significa cambio, cambio significa nuevas formas de pensar, esas nuevas formas de pensar requieren de un proceso, y proceso significa trabajo. De tal manera que una innovación puede generar más trabajo del que se tiene, y esto para muchos docentes es una verdadera tragedia. “¿Para qué trabajar tanto si al fin y al cabo nos van a pagar lo mismo, hagamos mucho o no hagamos nada?”. Es una premisa muy común en muchos docentes oficiales, y la conclusión es muy clara: realizar un trabajo con el mínimo esfuerzo, no desgastarse tanto, al fin y al cabo los 45 estudiantes con los que nos enfrentamos en un salón, cumplen esta labor de manera contundente cada minuto de nuestras vidas. Bastante problema tenemos al tener que callar a todo un curso vociferante sumido en la más absoluta locura. ¿Mientras innovamos quién controla? Esa es la gran pregunta, todo se puede ir al caos, los coordinadores prefieren que los docentes se ciñan a los lineamientos curriculares, así nunca nos hayan leído o interpretado. No se puede inventar nada con los niños, esos inventos hay que dejarlos para los genios del ministerio. Nosotros cumplimos órdenes y su función está en mantener por un lapso de tiempo, en un asfixiante salón, ocupados a estos 45 individuos. Luego, a tomar tinto y olvidarse del mundo. Hace algún tiempo, en una conferencia sobre evaluación, una profesora, doctorada en pedagogía, explicaba que la mejor forma para evitar el desgaste en la profesión de docente, radicaba en las didácticas pedagógicas que podía aplicar dentro del aula. Si desarrollaba una buena estrategia para enseñar un tema, una adecuada metodología para evidenciar el aprendizaje y una dinámica grupal que permitiera interactuar entre los participantes lo aprendido, estaríamos no sólo desarrollando un buen proceso pedagógico, sino que nos quitaríamos una gran carga de trabajo repetitivo y sin sentido. Por lo tanto considero que innovar, al contrario de lo que se piensa, significa menos desgaste y más calidad. Finalmente es lo que se busca. Pero para eso hay que sentarse a pensar en el problema, en lo que se quiere enseñar, en lo que se debe enseñar y en lo que se necesita enseñar. Hay que ser creativos y no tenerle miedo a salir del salón. Bueno, hoy en día los estudiantes son nuestra responsabilidad por cualquier cosa que les suceda. Por eso es mejor tenerlos encerrados. Pero para eso están las estrategias que pueden innovar la forma de ver el mundo. De eso se trata la civilización y por eso hemos avanzado tanto en la tecnología y en la sociedad.
Finalmente el último problema que quiero abordar está emparentado con lo anterior. Pueda que tengamos ideas geniales, pueda que tengamos las mejores intenciones, pueda que todos los espacios se presten para nuestra innovación, pero no somos capaces de desarrollarla, de ponerla en práctica por una sencilla razón: no la sabemos explicar. Y aquí viene un problema crucial dentro de la educación actual tanto del país como del mundo entero: no sabemos argumentar. Todo debe girar en torno a la argumentación. Eso lo explicaba muy bien un profesor del Doctorado en Pedagogía de la Universidad Pedagógica. El gran problema de los docentes, de los estudiantes en todos los niveles, de las políticas educativas es la falta de una pedagogía de la argumentación. En la medida en que no somos capaces de argumentar, no podemos interactuar con el otro, entender la diversidad, aceptar un pensamiento distinto, diametralmente opuesto al nuestro, convivir en comunidad y procesar una mejor sociedad. Esto tiene mucho de dónde cortar y los grandes filósofos franceses y alemanes de la posmodernidad han gastado infinidad de trabajos para tratar de explicar lo que nos hace tan contemporáneos, tan actuales pero a la vez tan primitivos y tan bárbaros. Considero que la educación debe estar inmersa en un proceso argumentativo, todo debe girar en torno al qué y al cómo se dice, a las estrategias, a la innovación, a la interacción con el otro. Si no sabemos cómo expresar lo que pensamos estaremos sujetos a callar y aceptar lo que otros nos impongan, a sobrevivir y no convivir, a laborar y no crear, a actuar y no pensar.
Estas son las reflexiones que tengo sobre la educación en mi país a propósito del Día de la excelencia promovido por el Ministerio de Educación. Se me quedan por fuera muchos temas que quisiera tratar como por ejemplo el concurso de ascenso a los docentes, unos exámenes que se convierten más que en una promoción, en una traba para el mejoramiento de la calidad de vida de un magisterio en total abandono salarial; los incentivos que pretende dar el gobierno a los mejores colegios; la capacitación docente y el incentivo a seguir estudiando por siempre; las jornadas complementarias y la actividad lúdica para los estudiantes; finalmente el estudiante universitario frente a una política de educación para el trabajo y no para la empresa. No tuve una excelente ortografía en los inicios de mi vida académica, cometí errores garrafales que salieron a la luz pública, pero poco a poco fui aprendiendo lo que me era desconocido, fui cauto y utilice las herramientas más adecuadas, maté mis fantasmas y descubrí el mundo fascinante de la gramática, hasta llegar hoy en día a ser docente en esta área. De eso se trata la vida, de ir aprendiendo, de cometer errores pero de buscar la excelencia, así nunca la alcancemos en su totalidad. No hace falta. Recuerden que lo importante no es la meta sino el recorrido. Allí está la excelencia de la vida.

viernes, 19 de diciembre de 2014

La Dignidad

A veces las personas tratan de destrozarnos la dignidad y lo logran. Es muy fácil hacerlo, simplemente con un pequeño texto que se burle de nuestras debilidades, nuestros defectos o nuestras costumbres, hacen mella en aquello que hoy en día parece no importarle a nadie. También actitudes frente a algunas circunstancias, hechos que aunque parecen ingenuos e insignificantes, terminan por crear un ambiente tan insoportable, que nos hacer dudar de nuestra existencia, de nuestra labor como profesionales y como personas. ¿En dónde hemos fallado? ¿De verdad estamos tan mal, nos equivocamos tanto, somos tan imperfectos? La dignidad es una palabra tan trillada, tan inconstante, tan de burla, que nadie se preocupa por resaltarla en su enciclopedia. ¿Y por qué? Porque nadie puede triunfar, ser feliz, avanzar, ser reconocido, sin que su dignidad se vaya al retrete. Nos toca bajar la cabeza siempre, aceptar que el otro tiene la razón así sea la estupidez más grade que uno haya escuchado, reflexionar sobre nuestro vergonzoso comportamiento frente a la sociedad, aceptar que nos hemos equivocado y mucho, y esperar esa maravillosa luz que no guíe por el buen camino de la honorabilidad y la rectitud. Eso es lo más desconcertante de todo. Creer que los demás son mejores que uno, y lo peor, creernos mejor que los demás. Voy a exponer varios ejemplos. 

En mi pueblo natal se mueven muchas envidias y resentimientos, todo por la cuestión política. Hace un tiempo apareció un panfleto donde se denigraba a muchas personas por su condición, su empleo, su pasado y hasta por la forma de vestir. No me sorprendió. Es constante este tipo de escritos anónimos que aparecen bajo las puertas, con una irresponsabilidad total, una ironía ramplona, pésima redacción y muy mala ortografía. Al autor parece no importarle, lo importante es que cumpla su cometido. Hablar sobre las inclinaciones sexuales de alguien, sobre el comportamiento de una mujer casada, sobre el enriquecimiento de un funcionario, sobre el pasado de un empresario, sobre la enfermedad de algún candidato, sobre las prendas que usan algunos ciudadanos, etc. Eso se convierte en motivo de risa para muchos, incluso llegamos a aceptar todas esos argumentos ramplones dándoles la razón muchas veces. ¿Quién los manda, bien hecho, al fin alguien les dijo, como es verdad? Mi pregunta es la siguiente, ¿Quién tiene autoridad moral para decir qué está bien y qué está mal? ¿Qué es lo correcto y qué es lo incorrecto? ¿Quién se atribuye el derecho de vilipendiar la dignidad de una mujer, de un hombre, de un homosexual, de un empleado, de una familia, de unos hijos, de unos padres? Cuando lo leí me puse en los zapatos de las familias y de los amigos de cada una de las personas de las que se hablaban mal. Tuve vergüenza ajena, no por las personas que allí se nombraban, sino por quien la escribía, quien apoyaba aquel bodrio de papel. Qué puede uno decir sobre la dignidad del otro. Al final decía que quien no era nombrado allí no existía. No sé si era para bien o para mal. Nos han borrado nuestra existencia, pero si aparecemos, somos arrastrados por el piso. ¿Con cuál de las dos formas queremos vivir? Nadie se pronunció, tal vez por vergüenza o porque aceptaron lo que decía, porque no merecía ningún crédito aquel escrito, porque no les interesaba batallar por la dignidad, del otro y la mía. Este es un pequeño espejo de lo que sucede en el país, en el mundo, en esta sociedad contemporánea consumista y mediática que sólo vive del instante. 

Trabajé en una universidad donde la decana era la señora todopoderosa. En aquella universidad la dimensión jerárquica es casi medieval, o mejor, es una sociedad cortesana como la que analiza Norbert Elias sobre la Francia de Luis XIV, el rey sol. En este caso, el rector “sol”, o en su ausencia, la vicerrectora “sol”, o la decana “sol”, o el coordinador “sol”, o el coordinador auxiliar “sol”, o la secretaria “sol”, o hasta el vigilante “sol”. Todo el mudo trata de degustar ese insignificante y hasta pasajero poder para demostrar que aún existe, que es valorado, que es fundamental (aunque muchas veces no lo sea) y la mejor forma de demostrarlo es pisoteando la dignidad del otro. A la decana había que decirle “doctora”, así no lo fuera, no por respeto sino por miedo. Había que pasar por la oficina para saludarla, hacerle risas, aplaudir sus ingeniosos (grotescos y ramplones) apuntes, hablar muy bien de ella, acudir de inmediato, a la carrera, cuando sus gritos desagradables se extendían por toda la facultad como si estuviera llamando sus cerdos a comer. Los más favorecidos eran quienes se acercaban a contarles sus problemas, como si fuera esa buena mamá que los comprende y los acoge, así después limpiara la facultad con ellos como si fueran un trapero viejo. No he llegado a cargos directivos, entre otras cosas porque no me gusta ser el limpia sacos de los demás, y eso ha tenido sus consecuencias. Ya no trabajo en muchos lugares y mis finanzas se ven vulneradas. Procuro manejar bajo perfil para evitar choques y es ahí donde también mi dignidad se ve afectada. Me encuentro con algunos compañeros y noto en su mirada esa amargura interna de saberse humillados por alguien que no tiene el más mínimo conocimiento, tanto intelectual como de respeto. Pero eso sucede en muchos ambientes de trabajo. Lo empecé a descubrir desde mis inicios laborales. Cuando trabajé en una editorial, en colegios, en universidades, en institutos… y más si cuando uno demuestra ser bueno en lo que hace, la mejor forma de atacarlo es doblegando la dignidad, humillarlo, hacerle ver muy mediocre, un bueno para nada. Claro que eso también sucede cuando uno está estudiando, compite con sus compañeros, hay que tratar de dejar atrás al otro, acabarlo, pasar por encima de la dignidad de quien sea. 

Sin embargo, en mi labor docente, quien de verdad recompensa ese ambiente tan hostil, son las voces de mis estudiantes. Ellos hacen soportable lo que parecería insoportable. Que un estudiante diga que nuestras palabras le cambiaron su vida, eso hace que la dignidad del oficio valga la pena. Tengo dignidad porque soy maestro, porque alguien, alguna vez me dijo, que mi trabajo lo había hecho bien, que él como persona era diferente y había aprendido algo. Eso es más que suficiente para mí.

Finalmente, en la vida personal uno está sujeto al otro para poder conllevar esta carga tan pesada que se llama vida. La lucha por la dignidad es constante, por tener un hogar digno, una comida digna, una cama digna, una familia que viva dignamente. Este año ha sido duro para mí, uno de los más difíciles, voy perdiendo poco a poco lo que he construido, las cosas materiales que probablemente podrán reemplazarse, los amores, que aunque no se reemplazan, van cambiando, mueren y florecen, alguien se va, alguien llega. Nuestros muertos que son irremplazables, pero sobre todo la falta de mis hijos. Algún día escribiré sobre Sábato, quien habla de la pérdida de su hijo. Una forma de dañar mi dignidad es no poder estar con mi hija, no poderla abrazar, tenerla lejos, saber de la necesidad mutua de querernos. Estas fiestas son para vivirlas en familia. He recuperado a mi hijo, lo mejor de este año, poco a poco nos vamos conociendo, vamos acercándonos emocionalmente y eso está bien, pero nuevamente nada es completo. Aquí recuerdo mi poema de cabecera. Cavafis dice “Son nuestras fatigas, las de los infortunados, / son nuestras fatigas como las de los troyanos. / A poco que triunfemos; a poco que orgullosos / nos sintamos, comenzamos ya / a tener ánimo y buenas esperanzas. / Pero siempre ocurre algo y los detiene. / Aquiles surge en la trinchera entre nosotros / y a grandes voces nos espanta”. La dignidad se rompe por algún lado, mi hija no está conmigo, el dolor es inmenso, sólo queda llorar en silencio, esperar que el tiempo cure las heridas y lamentar por siempre ese tiempo que pudo ser y no fue. Ya sé que nada puede recuperar el tiempo perdido. Nadie va a recuperarme el tiempo en que no estuve con mi hijo durante muchas navidades, las personas no lo entienden porque no lo han vivido. Siempre apuntan la culpa hacia mí por ser como soy. Nunca pensé que tener hijos fuera tan difícil, sobre todo porque cuando no están se nota un gran vacío en nuestra alma. Algo verdaderamente importante hemos perdido. Nuestra dignidad. 

martes, 14 de octubre de 2014

“Primero las Damas”

En estos días estuve colaborando sobre una investigación de Género y las mujeres en las Fuerzas Armadas. Una amiga se reía al imaginarme tan lejos de este tema. “Por el contrario, terminé por confirmar mis ideas” le respondí. Tal vez piensen que soy machista porque no creo que las mujeres estén en inferioridad de condiciones: no les cedo el puesto en transmilenio, no doy la mano a una mujer al bajar un escalón, me incomoda, cuando a la hora de pagar alguna cuenta en un bar, ellas desaparecen en el baño y luego salen hablando por teléfono, ignorando cualquier situación. “Para eso están los hombres, para cogerlos de marranos…” argumenta una amiga. También critico su forma de conducir. Cuando uno aprende a manejar un carro se da cuenta de lo imprudente que es el peatón. Esta máquina, de más de una tonelada, requiere cierta destreza, mucha atención y sobre todo prudencia. Todos cometemos errores, pero curiosamente cuando alguien no ha puesto las direccionales, voltea de manera intempestiva, no cede el paso, provoca un trancón, o cierra de manera imprudente, casi siempre resulta ser una mujer. ¿Por qué ocurre esto? Es algo que no me atrevo a responder. Alguien me explicaba su teoría: “en esta sociedad nos han enseñado que primero las damas es un acto de caballerosidad. Primero entran, primero se sientan, y por supuesto primero se cruzan. El problema es que cuando manejamos no nos interesa saber si va una mujer o un hombre al volante del otro vehículo, hasta ahora los carros no muestran esa información, lo importante es evitar un accidente. Ellas lo hacen porque la sociedad les ha enseñado que primero son las damas”. Simone de Beauvoir en su texto EL SEGUNDO SEXO hace un recuento histórico sobre el papel y la función de la mujer en la sociedad. Ella dice que no se nace sino que se llega a ser. “Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino”. Somos quienes hemos elaborado el concepto de mujer, quienes la seguimos definiendo y eso es propio de nuestra cultura. Lo que yo hago ahora, sin lugar a dudas es definir a la mujer, considerarla como El Otro, la otredad definida por Beauvoir como lo extraño, la antítesis y la oposición que complementa al hombre de manera cómplice y hasta satisfactoria. “Así, pues, la mujer no se reivindica como sujeto”. Los argumentos de esta autora francesa son contundentes y demoledores. Somos culpables de todo, merecemos la hoguera eterna, hay que cambiar de sexo, hay que reivindicar los siglos de ostracismo.
Pero el concepto de género va más allá que una simple diferenciación biológica. La Comunidad Europea define Género como “la construcción social de mujeres y hombres, de feminidad y masculinidad, que varía en el tiempo y el espacio y entre las culturas”. Sin embargo, Judith Butler amplía el concepto: “¿Existe «un» género que las personas tienen, o se trata de un atributo esencial que una persona es, como lo expresa la pregunta: «¿De qué género eres?»?”. Ella habla de deshacer el género, pues no solo existe dos condiciones: “El género es el mecanismo a través del cual se producen y se naturalizan las nociones de lo masculino y lo femenino, pero el género bien podría ser el aparato a través del cual dichos términos se deconstruyen y se desnaturalizan”.
Ahora bien, a lo largo de mi vida he conocido muchas personas, de todo tipo de género; algunas mujeres han pasado por mi vida, en diferentes condiciones y situaciones, he tenido amigas que fueron o ahora son lesbianas, amigos que salieron o no han podido salir del closet, homofóbicos que no pueden imaginar un “mariquita” y feministas que rechazan cualquier idea masculina (como ésta, por ejemplo), sin embargo pienso más en ellos como personas, que como género. He tenido jefes, mujeres y hombres, y sólo recuerdo la forma tan sutil en que me despidieron, la diferencia no estaba en el género (a pesar de que mi jefe mujer escogió a mi amiga y no a mí para el cargo, tal vez por solidaridad de género), he recibido ataques de homosexuales por decir que respetaba su condición, algunas mujeres no quieren saber de mí nunca más en su vida, todo hace parte de la convivencia diaria entre seres humanos, que tanto nos cuesta. No pregunto mucho a otras personas sobre su género, no me gusta saber sobre la vida íntima de los demás, cada uno nos merecemos ese espacio inobjetable, único y feliz que no debe ser franqueado jamás por nada ni nadie, ni siquiera con el argumento absurdo de la “confianza” que tanto esgrimen nuestras parejas. 
Me gustan las mujeres, son fundamentales en mi vida, tengo una hija que es el alma de mi vida y a quien extraño muchísimo, agradezco a la vida por tener una madre tan hermosa, y sentimentalmente he convivido con mujeres que han marcado mi existencia y que han ayudado a formarme, les agradezco y las quiero mucho, hasta las extraño; aprendí mucho de ellas, sus sentimientos y su sexualidad me hicieron mejor persona, me enseñaron a conocer al “otro”, no como mi oposición sino como “otra” persona que es diferente a mí, que tiene sus problemas emocionales y físicos, diferentes a los míos, pero no por eso mejores o peores. No puedo idealizarlas, santificarlas ni adorarlas, porque no son superiores a mí, tampoco inferiores, están en igualdad de condiciones. Ellas pueden hacer lo mismo que nosotros, nosotros podemos hacer lo mismo que ellas. “Usted no sabe cómo cuidar un niño” me dijeron. Estuve con mi hija el primer año de su vida, la bañé por primera vez, cuidé la dieta de la mamá, manejé todas sus alergias y malestares, organicé su alimentación, cosas que se consideraban propias de las mujeres. “Las mujeres son la columna del hogar” nos enseñan en la escuela. El hogar no tiene columnas, tiene altibajos, como la vida, pero no creo que para que exista un hogar, debe haber una pareja. El hogar somos lo que hacemos, mi hogar son mis libros, mis cuadros, mis cosas, la presencia ausente de mis hijos, mi familia, mis amigos, la nostalgia del amor…
Me gusta convivir con mujeres, sus caricias, sus besos, el derroche de pasión, su aroma… No soy de los que quieren una dama en la vida y una prostituta en la cama, quiero una mujer con la que pueda hablar sobre cine, literatura, música y hacer el amor por muchos días. Sin embargo, después de cierto tiempo ya no soporto la presencia de otra persona en mi casa. No soy perfecto. Cometo muchos errores y tal vez me quedaré solo. Puede sonar egoísta mi posición, pero todos somos únicos, indivisibles y no podemos volvernos dependientes de nadie, esclavizar al otro para el deleite personal, darle la prioridad de nuestra existencia. Creo que no podemos cederle el puesto de nuestra vida a nadie para sentirnos verdaderos caballeros. Las damas no son primero, primero las personas, sin distinción de género.

jueves, 2 de octubre de 2014

A la memoria de un amigo

A veces, la ironía de la muerte nos recuerda que no somos más que un transeúnte efímero por este universo. Llega como debe llegar, cuando uno menos lo piensa. Mi amigo Marco Antonio tuvo una muerte absurda, y cada vez que lo pienso siento una rabia inmensa por lo que hace el destino con una persona. Tantos sueños, tantas esperanzas y tanto trabajo se desvanecen en un segundo, por lo que nos hace pensar que lo verdaderamente importante no se encuentra en lo material ni en la apariencia, se encuentra en la amistad y en los lazos fraternales que se crea entre las personas.
Conocí a Marquitos hacia el año de 1995, cuando por primera vez me enfrenté a un salón de clases como profesor de español. Trabajamos en el mismo colegio, él venía de Sopó en búsqueda de una oportunidad más estable para la nueva familia que iniciaba. Yo era un joven irresponsable que quería tragarme el mundo. Los dos alguna vez nos encontramos la Nacional por pura casualidad y terminamos tomándonos unos buenos tragos, hablando de literatura y escuchando salsa. Ahí fue donde me contó la historia de su juventud, cuando en Cali, conoció a Andrés Caicedo, escritor, cineasta y artista prolífico que se suicidó antes de los 25 años, dizque para tener un cadáver joven. Marcos había vivido en esa vida bohemia de los setentas, disfrutó de la literatura y recorrió aquella ciudad que había dejado de ser un pueblo, que exhalaba cultura, que hacía cine, pero sobre todo, que respiraba ese nuevo ritmo que se estaba tomando la capital del mundo, símbolo de rebeldía, de euforia y de libertad: las salsa. Recordaba como Andrés Caicedo salía siempre su casa, en un barrio de clase alta, con una pinta elegante de arriba abajo. Al amanecer terminaba tomando con los habitantes de la calle y éstos le robaban la ropa, el dinero y los objetos de valor hasta dejarlo casi medio desnudo. Al día siguiente salía nuevamente con otra pinta elegante, casi siempre de blanco, a recorrer las calles, a disfrutar la rumba y a continuar su ciclo de poeta suicida. Paz nos lo volvió a contar en un programa radial que tenía nuestro amigo Luis Muñoz en Cogua, al que fuimos invitados para hablar de literatura y salsa, en una mañana de domingo, luego de un viaje agradable en bicicleta, por aquella sabana friolenta de Nemocón.
Este mismo pueblo donde crio a sus hijos, estabilizó su hogar y empezó a forjar el camino de su pensión. Me gustaba hablar con Marquitos, porque era un irreverente de pies a cabeza, no creía en nadie y mucho menos en el poder político de este país. Cualquier síntoma de poder que pretendiera abusar del más débil era protestado de inmediato por él, levantando la voz con ese tono valluno que nunca abandonó, diciéndole las verdades al que fuera, en la cara, con toda la sinceridad y sin intimidarse por nada ni por nadie. Por supuesto que esto le acarreó muchos inconvenientes, algunas personas no lo querían (en pueblo chico, infierno grande), pero él lo tomó con mucha dignidad. Sabía que en el mundo hay muchas personas buenas que hacen soportable esta vida que nos ha tocado vivir, que la mejor labor del mundo está en enseñar al otro lo poco que sabemos, pero sobre todo, hacerlo de la manera más honesta, respetando la profesión y con mucha dignidad. Da rabia pensar en todos los planes que ya no serán, le faltaban menos de un año para su pensión, tenía propósitos para volver a su tierra natal, el Valle del Cauca, donde siempre estuvo su corazón. Y tal vez la nostalgia por ese lugar que tanto amaba, esa pasión por la belleza de la gente del Valle, y esa ansiedad por regresar a sus orígenes que eran aprovechados en el más mínimo tiempo de descanso, para disfrutar siempre de la feria de Cali, nos impregnaba el entusiasmo de las ganas de vivir.
Llegué tarde al velorio, ya se marchaba para su Valle del alma, ni siquiera pude hablar con su familia y me sentí incómodo al escuchar discursos formales de los estamentos del poder ambientados por himnos patrios que hacían aún más acartonado la despedida de uno de los hombres más informales y frescos que haya conocido. Por eso hoy quiero rendirle un homenaje con algo que él de verdad se merecía, un buen disco de su música salsa, esa música que coleccionaba en una buena cantidad de discos de acetato y que disfrutaba al máximo, pensando en que le quedaban otros cien años para gozarse la vida.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El camino del profesor


A finales de 1987 fui llamado a la rectoría del colegio donde estudiaba mi bachillerato para recibir una de las noticias que cambiaría mi vida para siempre. “Usted no tiene vocación pedagógica, no sirve para ser profesor y por ningún lado se ve que podamos formar un maestro con altas cualidades morales y religiosas”. Era verdad, no servía para ser profesor, no podía realizar una preparación de clase en un gigante cuaderno cuadriculado con la mejor letra del mundo y recortando un serie de dibujitos que se adaptara virtualmente a lo que yo podría realizar frente a ese pelotón de fusilamiento. No sería un buen maestro, pues uno de los requisitos era que me gustaran los niños. En mi crueldad juvenil me atreví a decirle al profesor que me gustaban los niños, pero con huevos pericos, mucha cebolla y tomate, y bien picaditos. Naturalmente que tuvo sus repercusiones. Nuca sería un buen profesor si no aprendía a respetar la autoridad, si no embolaba los zapatos, me colocaba las medias del mismo color, no usaba bien el uniforme, y sobre todo no forraba el cuaderno de las preparaciones con un plástico adecuado y no con el talego del pan. Cuando salí del colegio con una conducta en 2,5 y una disciplina en 0,0 no quise volver a saber nada que estuviera relacionado con la docencia. No quería para nada a mis profesores, era un expedagogo fracasado y resentido. Me iba vengar con mis futuros profesores, sobre todo los más mediocres. Sin embargo no siempre las cosas salen como uno cree. Aparte de alejarme de mis más grandes amigos en aquel pequeño colegio, me encontré con excelentes profesores que demostraron la calidad y el compromiso de la palabra “enseñar”. Ahí me di cuenta que la experiencia y el talento para transmitir a otro mundo de personas algo que a uno le apasiona, requiere de una cualidad muy peculiar: la pedagogía.
He tenido muy buenos maestros, los recuerdo con mucho cariño porque me enseñaron muchas cosas y otras que desafortunadamente no pude aprender, pero siempre tuvieron un talante de gran docente. Algunos ya están muertos, se les extraña y se les recuerda; otros ya están en feliz retiro y otros ya no tienen ni idea quien soy yo, pero estoy muy agradecido con ellos. 
Yo no servía para ser profesor pero terminé sobreviviendo con la labor docente. Cuando entré a estudiar literatura me dijeron dos cosas muy claras, allí no se iba a ser escritor ni profesor sino crítico literario. Tenían razón en las dos primeras pero en la tercera se equivocaron. No fui nada de nada. Sin embargo tenía que trabajar y lo primero que salió fue la docencia. Primera lección, hay trabajo de profesor, no hay trabajo de crítico literario, los clasificados no mienten. Pero una cosa es enfrentarse a un jefe resentido y otra cosa es enfrentarse a 40 adolescentes cuyo cuerpo no da basto para semejantes espíritus atrevidos. Son personas, eso no se nos debe olvidar, y cada persona es diferente. Ahí me estrellé con una palabra que hasta ahora no la creía necesaria: pedagogía. Decidí hacer frente a ese mundo tan maravilloso y leí todo lo que estaba relacionado con lo que me correspondía, la lectura y la escritura. Supe que iniciaba de ceros y que la pedagogía es un arte que se aprende con la experiencia. Hay que prepararse y entender de las múltiples equivocaciones. El docente no se puede equivocar pero siempre lo hace. Se equivocaron conmigo en el colegio y yo me equivoqué con ellos, pero de eso se trataba.
Ahora todo lo que tengo se lo debo a la docencia. Mi apartamento, mi carro, mi ropa, mis libros, mis objetos personales, todo lo he conseguido por medio de la docencia, pero lo más importante, lo más valioso que me ha dado la vida como profesor, es el extraordinario placer de haber conocido personas tan maravillosas a lo largo de esta vida. Todas las personas que han girado en torno a la educación transformaron mi vida de una u otra manera. Compañeros docentes, estudiantes maravillosos y maestros excepcionales. A todos ellos les debo mi vida, los que soy y lo que podré ser. Hay momentos de mucha alegría que pasé con colegas, sobre todo cuando tuve la fortuna de trabajar en colegios. Hay vidas de estudiantes que marcaron la mía, fueron fundamentales. Hay estudiantes que ya no me recuerdan o no me quieren recordar, no los culpo. Cada vez que llego a un curso procuro asumir la mejor actitud, pesar que me gusta lo que hago y que no podría hacer otra cosa diferente, quiero divertirme con mis estudiantes, reírme, que prendan algo, que no se sientan robados, que lo que yo les diga les genere curiosidad y que se puedan divertir con mis lecturas. Pero no siempre es así, todo cambia y esa es la tragedia del docente, por eso es necesario cambiar, bien sea de espacio o de estrategia. Hay trabajos que fueron gratificantes, hay trabajos que nada agradecieron, no espero una estatua, los premios a los docentes nunca me importaron y ya no quiero pertenecer a ese selecto grupo, sobre todo cuando me di cuenta quienes eran los premiados. Alguna vez el honorable José Galat recibió la más alta orden al mérito decente por parte de su universidad, donde yo trabajaba, la orden “Docente Magnífico”. ¿A qué más se puede aspirar? Después de eso, sigue ser Dios. Allí aprendí que los premios no dicen nada, son absurdos y no siempre se los ganan los verdaderos maestros. El mejor premio que uno puede recibir son las palabras que me dijo una estudiante hoy: “Usted me enseñó a amar la literatura”. Creo que valió la pena seguir por este camino.

jueves, 29 de noviembre de 2012

El improvisador

A veces una mentira, a fuerza de repetirse tanto, termina por convertirse en verdad, al menos todos la damos por cierta. En esto, los medios de comunicación no fallan, son infalibles y tienen mucha experiencia, es la mejor forma para recordarnos su inmenso poder y su historia. Ya en el siglo XIX, los grandes empresarios de la prensa norteamericana, William Randolph Hearst (véase Ciudadano Kane de Orson Welles) y Joseph Pulitzer, se inventaron una guerra en Cuba cuya única finalidad eran aumentar la venta de sus periódicos amarillistas (http://cristinasaez.wordpress.com/2008/12/01/hearst-o-como-se-gesto-la-guerra-de-cuba/). Se inventó historias sobre los abusos del ejército español con la población isleña. Las historias se extendieron como pan caliente y el pueblo norteamericano exigió a su gobierno que liberara a ese pobre país de la tiranía española. Por supuesto que los Estados Unidos intervinieron en la isla y acabó con el último reducto colonial de España en el mundo, manejando el poder hasta mediados del siglo XX cuando llegó la revolución cubana. Por otra parte, William Randolph Hearst se convirtió en uno de los multimillonarios más poderosos del mundo.
Ahora bien, a cada momento los medios de comunicación en Colombia nos repiten que el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, está improvisando. Es la palabra de moda. En el país de la planeación un alcalde de izquierda improvisa, hasta tal punto que nos va a llevar al fin del mundo en diciembre de 2012 con su nefasta improvisación. Improvisa por todo, cuando habla, cuando calla, cuando propone, cuando denuncia, es el hombre más improvisador, típico de un músico de jazz en pleno trance creador. Indudablemente que estábamos acostumbrados a tener gobernantes y gobiernos que todo lo tenían planeado a fondo, incluso desde antes de ser elegidos; lo que planean hacer, lo tienen clarito en su cabeza, o si no ¿qué fue lo que hizo nuestro magnánimo expresidente Uribe durante sus ocho años de gobierno? Poner en práctica lo que llevaba planeando 15 ó 20 años antes con sus apostólicos amigos del alma. A eso llamo yo una verdadera planeación. En cualquier parte del país, el buen político alcalde sabe "que por ley", como mínimo, un 10% de todas las contrataciones debe ir a sus bolsillos. Eso es una buena planeación. Incluso algunos, para no decir la gran mayoría, llegan a aplicar la ley hasta el 70%. Cuando hablamos de una planeación perfecta indudablemente tenemos que referirnos al anterior alcalde de Bogotá y sus amigos los Nule. Ellos deben ganar el premio Nobel a la planeación, lo tenían todo un muy bien planeado, sabían para donde iban, sabían qué hacer con toda la contratación y por supuesto ayudados por sus mejores asesores (el polo, la u, cambio radical, pin, liberales y conservadores). En ese gobierno sí que se notó la planeación. En cambio Petro improvisa. Las basuras es un claro ejemplo. Desde hace más de un año la licitación de recolección de basuras debía haberse desarrollado y entonces la cultura del reciclaje propiciada por los hermanitos Uribe tendrían esta ciudad como un verdadero fortín ecológico, todo sería un verdadero mundo parareciclaje. Pero los apátridas señores de la Corte Constitucional nos dañaron todo. Había que incluir a esa chusma, mal llamada recicladores (no digo desechables para no herir susceptibilidades y tampoco recordar el lenguaje que utilizamos en los siniestros cocteles del Jockey Club). Ahora el alcalde improvisa tratando de desarrollar un nuevo sistema que incluya esta población (la de los recicladores por supuesto, y no a la del Jockey Club, como debería ser). 
Por eso se dice que el gobierno de Petro no arranca, ha realizado meras improvisaciones, es un caos y nos lleva al apocalipsis. Nada con Petro es bueno. Veamos varios ejemplos. 
El pico y placa es muy malo, los taxistas lo dicen, la gente ya utiliza el carro en las horas valle y todos los días de la semana, se puede hacer cualquier diligencia en un día normal, aunque a veces nos embarcamos en un trancón monumental. Antes se tenía que convivir dos días de la semana con los amables taxistas de la capital, por supuesto este gremio odia al alcalde. Los trancones nos obligan a utilizar el servicio público y aquí viene la otra improvisación. 
La disminución de las tarifas de Transmilenio, un servicio mal manejado (quien sabe bajo qué intereses) pero muy rápido cuando uno logra embarcarse, va a llevar a la quiebra a esta ciudad. A quién se le ocurre disminuir el ingreso a esos pobres transportadores que tanto han hecho por esta ciudad, quienes en promedio no podrán acceder a los casi dos millones de dólares diarios que recibe este sistema de la clase media bogotana que está en la necesidad de utilizarlo aunque sea de manera indigna. Porque si algo vulnera la dignidad de una persona es Transmilenio. Claro, no sé si los grandes críticos del alcalde han tenido el placer de montar en este hermoso transporte. No me imagino a nuestra ínclita consejera, Gina Parody, al imparcial periodista Darío Arizmendi, al humilde Felipe Zuleta o al inteligentísimo Pachito Santos tomando la ruta J72 en el portal del norte, un día entre semana a las 5:10 pm. La desesperación llega al máximo cuando en medio de una multitud de personas, aparece la información en el tablero anunciando que en 1 minuto llega el esperado articulado, y sin embargo el cinismo es infinito. Aparece el transporte con unas bellas letras: “EN TRÁNSITO”. Son buses que desaparecen constantemente en medio de las rutas, que nos generan esperanza y rabia, pero que, como en el cuento de Conan Doyle (http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/doyle/tren.htm), desaparece sin dejar huella. Ahora bien, cuando el milagro ocurre, entramos a empujones y durante una hora atravesamos la ciudad, aguantamos trancones, calor, olores, historias ajenas y hasta robos, para llegar a la saludable estación del Museo de Oro, donde nuestros invitados indudablemente por fin tendrán un verdadero roce social. Si el infierno existe, debe ser igual a esa estación a las 6:15 pm en un día normal. Lo peor es que nada se puede hacer. Descongestionar el centro es necesario y en eso radica la otra improvisación. 
Caminar por la séptima no debe ser propio de la oligarquía como sí lo era hace 100 años. Sería interesante que nuestros invitados caminaran por allí, hay todo un espacio para los peatones, se puede caminar por el centro (un lugar que ya no es el mismo, pero eso será tema para otro artículo). Los carros ya no amenazan al caminante solitario y hasta los raponeros perdieron agilidad, pues no se pueden escabullir entre los inmensos trancones de aquella séptima de antaño. Ir al centro en carro es un despropósito, se queda atascado y sin espejos. 
Hay otras improvisaciones que me producen migrañas constantes. ¿A quién se le ocurre prohibir el porte de armas en la ciudad por parte de los civiles? ¿quién no protegerá? ¿qué haremos en las fiestas? ¿cómo vamos a celebrar? Es necesario protegernos, ahora que las casas gratis del gobierno ya no van a estar en el extremo de los extremos de la ciudad, sino por aquí cerquita. ¿Cómo así que se les va a dar un lote a la gente pobre en plena carrera 30 con 19, cerca a centros comerciales, plazas, edificios institucionales? Eso se llama inclusión de la ciudad y disminución de la brecha social. Afortunadamente tenemos un santo procurador que está ahí para impedirlo. Ojalá destituya a este fanático de los pobres lo más pronto posible. Solo falta que obligue a las honestas constructoras a realizar un 20% de cualquier proyecto propuesto, como vivienda de interés social y trancar un poco la famosa burbuja inmobiliaria que tanto pretendemos desconocer, y no mandar a las casas de interés social a tres horas de camino de la ciudad. Ya de hecho, cuando se construye un conjunto residencial, a las pobres constructoras les toca pavimentar una parte de la calle. La arreglan pero los carros que traen los materiales del edificio la destruyen en los 2 años que dura la obra. Este alcalde improvisador ha tapado gran parte de los huecos de esta ciudad, uno se da cuento, pero lo malo es que no se están demorando como lo mandan las sagradas escrituras de la contratación en Colombia. “No hay que terminar una obra pública porque se debe dejar un pretexto para la siguiente campaña”.
Finalmente pretende dejar sin agua a los humildes condominios de la sabana y llamar irresponsables a quienes construyen desmedidamente sus casitas de miles de millones y que solamente piden un cobro de agua irrisorio y un consumo en grandes cantidades para su hermoso jardín. 
Gustavo Petro ha denunciado la tragedia del país y ha hecho oposición a varios gobiernos, entre ellos el del preclaro Álvaro Uribe, a parapolíticos, corruptos y asesinos. Debería estar muerto en un país como Colombia donde no perdonan la honestidad. Debe tener un pacto con el diablo o algo semejante. Definitivamente es un improvisador hasta con la vida.

viernes, 23 de noviembre de 2012

8600



Mi hija fue al médico y le tomaron el peso. Es increíble la capacidad que tiene un niño para crecer exponencialmente, eso se llama el prodigio de la vida. El cuerpo humano es una máquina perfecta que se transforma paulatinamente a medida que se va adentrando en este mundo. Hace un poco más de 1 año me enteré que iba a volver a ser padre, y lo confieso, la primera impresión que tuve fue de desazón, pues de inmediato recordé los inmensos problemas que había tenido con mi hijo, su ausencia, el odio visceral hacia la madre, la soledad, la culpa y el arrepentimiento de aquel momento irresponsable en que me acosté con una persona que ni siquiera sabía su nombre y cuyos intereses estaban muy lejos de lo que yo quería y pensaba del mundo en ese momento. También imaginé la tristeza y la rabia en las personas que afectivamente estaban muy cerca y que ya no podría volverlas a ver. El amor es así y estuve apenado. Le pregunte a ella si quería tener esa criatura, creo que es la pregunta más obvia y honesta. Aunque me tilden de machista, los hijos los tiene las mujeres, son ellas quienes tiene que asumir las transformaciones físicas y emocionales, su vida les va a cambiar totalmente, su cuerpo se transfigura y de qué manera. Sus sentimientos se trastocan, también hay un abandono de algunos seres queridos, el tiempo se hace diferente y las responsabilidades aumentan de manera sorprendente. Uno trata de acompañarlas, volverse un soporte emocional, pero su vida ya no será la misma. Según Clemencia, el parto no es la mejor experiencia, es algo desagradable, grotesco, las escenas no son las mejores y lo único que consuela es la ansiedad de ver por primera vez ese maravilloso prodigio de la naturaleza humana. Y eso fue lo que me puso los pies nuevamente sobre la realidad cuando me enteré de la existencia de Juanita. Pensé en la alegría de mis padres, en mis 40 años sin tener por quien responder de verdad, a quien amar con todo mi corazón y de una manera profunda. Lo poco que tengo lo he logrado a base de grandes esfuerzos, con mucho trabajo, largas jornadas de clase, innumerables estudiantes, madrugadas y trasnochadas, ¿todo para qué? Como siempre dije, para vivir feliz, sentir la vida y disfrutar cada segundo que estamos sobre este planeta. Si lo había hecho, por qué no podía asumir un reto más. Ahí estaba un nuevo ser que requería de mi presencia, no iba a cometer el mismo error que con mi hijo. Entre otras cosas, porque todo era diferente, me encontraba en un lugar diferente, en otras condiciones económicas diferentes, tenía una verdadera carrera profesional y sobre todo, conocía a la persona que iba a tener mi bebé, no había sido una noche fortuita, sino un acto de amor frente a alguien que conocía hace algunos años y a quien le admiraba su inteligencia y su sensibilidad. Toda mi vida se transformó, perdí novias, amantes, privacidad, amigos, espacio, fiestas, noches con vino y velas, teatro, películas de estreno, centros comerciales, impulsos compulsivos de comprar lo que estuviera de moda o por lo menos lo que me gustara, fines de semana enteros (el viernes maravilloso, el sábado profundo, la pasividad del domingo), comidas exquisitas, soledad. En un principio fue traumático, creo que todavía no me recupero y a veces añoro aquello momentos, pero hay golpes en la vida, yo no sé… 
Una noche Clemencia me dijo que sentía un dolor en el bajo vientre, tenía tres meses de embarazo y sabíamos que un síntoma de dolor era motivo para preocuparse. De inmediato salimos para el hospital San Ignacio y allí nos atendieron enseguida. Había mucha gente. Es sorprendente la cantidad de personas que llegan por urgencias a los hospitales de esta ciudad, sin embargo las mujeres embarazadas tiene prioridad. Que paradoja en el país “del paseo de la muerte”. Entró a observación y yo me quedé en la sala de espera. Pasaron dos horas y ninguna señal de ella. Hasta ahora no había observado a las personas que me acompañaban en aquel lugar, estaba viendo la programación estúpida que pasan los canales colombianos en la noche, era la mejor manera de no pensar en nada. Me paré a comprar algo en la máquina dispensadora y cuando volví me di cuenta que en la parte de atrás se encontraba un hombre recargado a la pared. Su rostro estaba destrozado por la amargura, se notaba una preocupación extrema, sus ojos no estaban aquí y el mundo ya no existía. Me ubiqué en la otra orilla de las sillas pues no era mi intención entablar ningún dialogo con nadie. No me gusta ser amistoso en eso espacios, me deprimen. Se cogía la cabeza, la movía negando su realidad, estaba cada vez más pálido y desolado. De repente salió una mujer de la zona de ginecobstetricia y él se le acercó, se abrazaron y se pusieron a llorar amargamente, lo entendí todo. Habían perdido su bebé, un embarazo fallido, no se podía hacer nada, eso era el verdadero significado de perder. Y pensé en Clemencia, en mi bebé y en su ausencia… Hacía varias horas que no sabía de ella, ¿qué estaría pasando, cómo estaba la criatura? Sentí un vacío en mi alma, no me imaginé mi vida sin el bebé, había estado preparándome para asumir esta alegría y de un momento a otro esto podría desaparecer. El miedo empezó a recorrer mi cuerpo, me imaginé en la misma situación de aquel pobre hombre y todo fue tristeza, el tiempo se detuvo, la estúpida programación televisiva ya no hacía efecto, empecé a mirar detenidamente cualquier señal de una persona que saliera por aquella puerta con una nefasta noticia. Llegaban y salía mujeres, algunas con caras largas, adoloridas, agotadas, tristes, alegres, optimistas, perdidas, todas con una historia diferente que yo trataba de adivinar. Dos horas después salió Clemencia y por supuesto, intenté adivinar su rostro, pero fue en vano, nada me decían aquellos ojos, era otra cosa. “¿Cómo está el bebé?” pregunté esperando cualquier cosa. “Está bien, mira su imagen” y por primera vez fui padre. Vi la imagen difusa de la ecografía donde aparecía un ser que no era de este mundo, no encontraba la forma y me explicó qué era qué. Su cabecita, las piernitas, el tórax, todo su cuerpo estaba ahí, una vida. Lloré como nunca lo había hecho, agradecía a la vida y por primera vez el vínculo con la criatura se estrechó. Era yo y mi bebé, juntos estábamos para iniciar una nueva vida. Y así fue. Poco a poco el vínculo se fue estrechando. Mientras estuvo en el vientre no fue mucho nuestro acercamiento, sus movimientos eran más motivo de bromas, me recordaba a la película de aliens, moviéndose dentro de un cuerpo y tratando de buscar un nuevo mundo, pues aquel ya era muy pequeño para ella. Pero cuando nació todo fue novedoso y espectacular. La primera vez que la tuve en mis brazos fue maravilloso pero a la vez incómodo, no sabía como alzarla, si la podía maltratar, ese ser tan pequeño y vulnerable estaba en un nuevo mundo, conociendo su entorno y por supuesto se sentía incómoda. “cójala con seguridad” dijo la mamá, y por supuesto asumí el reto. Si no era yo entonces quién. 
Así lo he venido haciendo poco a poco, asumiendo su primer baño (qué complicado bañar a un niño, sobre todo con una manos tan burdas como las mías, pero es cuestión de experiencia como todo), limpiarle por primera vez la cola, cuidarle su sueño, darle de comer constantemente, pero sobre todo, no saber qué puede pasar con tal o cual síntoma, ¿estará mal? ¿hay que llevarla al médico de urgencias? ¿por qué ese famoso pujo? ¿quién la alzó? ¿hay un mal de ojo? ¿es normal lo que hace? ¿estaremos haciendo las cosas bien, en qué nos hemos equivocado? Cada una de estas preguntas recorrieron nuestra cabeza y siempre las respuestas fueron las más sencillas, el tiempo nos las fue contestando. Ahora Juanita mueve libremente sus pies, grita pidiendo cosas, está incomoda y necesita refrescarse, es necesario un baño, y lo puede exigir, pues ya pesa 8600 gramos y hace parte de mi vida, le pregunto que quiere y una sonrisa es su respuesta. Efectivamente quiere vivir, al igual que yo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Volver a escribir

Una de las cosas más complicadas a la hora de escribir es tratar de mantener una continuidad en lo que queremos expresar. Escribir se aprende escribiendo. Lo más complejo es que a veces creemos que nuestras opiniones son las mejores, las más asertivas, las más inteligentes o tal vez las únicas que valen la pena. Pero a veces surge una pequeña vergüenza por aquellas palabras tan importantes que uno ha querido lanzar al mundo. Todos creemos decir algo trascendental y por supuesto hoy en día la tecnología nos ha permitido acercarnos aún más a la opinión pública. Si una reina de belleza quiere decir una frase célebre, la escribe en su twitter y pasará a la posteridad, la filosofía postmoderna, el Sócrates contemporáneo, la reflexión universal. Considero que la mejor herramienta que han inventado para acabar con la escritura (véase escritura como argumentos y estilo) paradójicamente es el twitter. En 140 caracteres cualquiera puede decir las mejores y peores estupideces. Seguimos las necedades de Uribe sobre nuestro pobre país a través de frases cortadas, ofensivas y a veces incoherentes propias de un “truhan de barrio”, les hacemos eco, las volvemos trascendentales y todos los medios de comunicación empiezan a hacer una hermenéutica sobre qué quiso decir este ilustre personaje, hasta donde van sus alcances y qué pasará en el país después de tan magnánima sentencia. También sucede en los programas de farándula; las frases célebres de las estrellas superan a los 7 sabios de la Grecia antigua, nuestra vida era una antes de los trinos de Lady Gaga, Shakira, Justin Biever, Laura Acuña, Julito, y otra después de haber reflexionado frente a tan profundas palabras. El twitter abolió los argumentos. No hay necesidad de argumentar nada, sólo sentenciar algo. Por lo menos lo blogs permiten extenderse aún más, pero tiene un problema, hay que leer más. Qué pereza leer, necesitamos leer menos y sentir más, vivir la vida, salir a caminar, bailar, gritar, beber, comprar, dormir y esperar un espacio para los jóvenes donde puedan expresar sus necesidades… Ahora bien, me gusta leer algunos blógs, no muchos, pero tengo tres amigas que escriben muy bien y me agradan lo que hacen en sus espacios (http://www.mesitadepaula.blogspot.com/, http://nuncamesirvioningunsombrero.blogspot.com/, http://delabiosparafuera.blogspot.com/). Hace más de 4 años no publico en este espacio, el último artículo fue un homenaje a la ausencia de mi hijo, muchas cosas han sucedido y tal vez mis limitaciones con la palabra no han permitido opinar sobre diferentes temas que me atraen, el desgano por las palabras que dicen algo importante, la ausencia prolongada de mi hijo, la excesiva carga laboral, las constantes preocupaciones financieras, todos estos problemas cotidianos que a veces parecen únicos pero que son tan normales como cualquier habitante de esta lujuriosa ciudad. Ahora Junita está a mi lado, la acompaño en su primera gripa sabanera y he decidido volver a escribir sobre todo lo que pienso, me guste o me disguste. Todo en ella es nuevo, todo en mí es nuevo también, jamás pensé que esto podría suceder, pero tengo una hija y esa alegría es incomparable, tanto que no me lo puedo guardar y siento la necesidad de expresarlo a través de las palabras. Ojalá mis frases célebres no trasciendan y se vuelvan importantes, no me imagino a Shakira o Juanes reflexionando sobre lo que digo, o tal vez Julito armando tremenda polémica y llamando a Alejandra Azcárate para exprese tremendo análisis. Voy a preparar el tetero de mi bebé.

jueves, 24 de abril de 2008

Son nuestras fatigas las de los infortunados


Hoy descubrí una noticia que había sucedido hacía mucho tiempo y no pude dejar de escribir algo sobre ella. Se trata de la historia de Juan Gelman. En su Libro de los abrazos, Eduardo Galeano recuerda la historia de este poeta argentino y nos dice como un ser humano puede vivir con esa carga. El poeta se siente culpable de la desaparición de su hijo y su nuera, quien estaba embarazada. Siempre me ha parecido una historia muy dolorosa sobre la infamia del ser humano. Nadie puede aguantar con la desaparición de un hijo y menos en estas condiciones. Pero lo que me enterneció fue enterarme de que esa nieta había sido encontrada muchos años después. ¿Cuál sería la alegría ese hombre? Debe ser incalculable. Ver a su nieta, esa niña que siempre quiso conocer y que en noches de pesadilla la imaginaría llorando, en una soledad, indefensa, tratando de ayudarla, de protegerla con sus manos pero todo con la imposibilidad del sueño. Encontrar un hijo o un nieto debe ser lo más maravilloso, a mí me sucedido y creo que no tiene ninguna descripción. En una esquina, alguna vez, en un día cualquiera, conocía mi hijo que tenía casi dos años. Cuando sentí su mirada mi alma se cayó, se desmoronó, era como si quisiera devolver el tiempo y tratar de estar cada segundo con él, acariciarlo, escucharlo, hablarle al oído y decirle que lo amaba, que nunca quise estar lejos de él, que era el fantasma que le perseguía cada noche y que hacía compañía a su soledad. También perdí a mi hijo, pero no con la muerte, sino con la indiferencia y el odio. Eso duele mucho más y yo me pregunto por qué debo cargar un karma de algo que jamás he hecho con él, sólo he sido honesto y directo con la mamá. Sin embargo todo se convierte en un infierno cuando el amor de un hijo se contrapone al deseo de una mujer. Sueño con encontrar un hijo, sueño con llamarlo y contarle cosas, hablar de la biblioteca y mostrarle mis libros, sentarlo a mi lado y decirle todo lo que dice cada uno de esos libros, sus historias, sus sueños, decirle que el ser humano es así y asa, enseñarle a protegerse de la infamia del mundo y contarle historias de lo que ha pasado en su ausencia. Sueño con verlo sonreír, llora, dormir y todo lo que un niño nos ofrece para encarnar la palabra felicidad. Me conmueve ver a esos padres y madres que llevan la foto de su hijo como desaparecido con la esperanza de encontrar a alguien que les dé la más mínima noticia de su paradero. Buscar un hijo es buscar una esperanza, es buscar una razón para encontrar sentido a nuestra existencia. No sé cómo alguien puede vivir con la carga de un hijo desaparecido; Juan Gelman sí lo sabe y jamás se ha cansado de buscarlo, por eso el tiempo le ha retribuido algo, se merece su mejor alegría, esa nieta que demuestra que nuestras fatigas algún día tendrán un premio merecido.

jueves, 6 de marzo de 2008

La cara de la desgracia

Nada me produce más tristeza, más desazón, más rabia, más angustia y más desencanto, que observar a una madre buscando a su hijo desaparecido. Hoy no asistí a la marcha, como tampoco lo hice el mes pasado, quizás porque no soy un buen ciudadano, no llevo a Colombia en mi sangre y tampoco me atrevo a cantar el himno nacional con la mano en el corazón. Pero no pude dejar de sentir vergüenza cuando iba caminando y me encontré de frente con una mujer de edad cuyo rostro manifestaba toda una vida de sufrimiento, humilde en todos sus aspectos, y con una camisa que llevaba estampada la foto de su ser querido que ya no estaba para acompañarla. Que vergüenza ser colombiano, decir que vivo en un país donde a nadie le importa que las personas desaparezcan como si fueran objetos, recuerdos vagos, o atardeceres constantes. Vi el rostro de una mujer que tenía la esperanza de poder recuperar a ese fantasma que sólo para ella era importante. Me encontré con miles de Clementes Silvas, ese personaje que aparece en la obra de José Eustasio Rivera recorriendo las caucheras en busca de los restos de su hijo. Por estos días oía una declaración donde un paramilitar no podía confirmar a ciencia cierta si había asesinado a 1500 o 1200 personas. Un desfase de 300 personas, como si 300 personas no fueran nada, y me pongo pensar en que a veces he tenido 300 estudiantes, y esos 300 estudiantes me los puedo encontrar en la calle y saludarme, no saludarme, evadirme, mirarme mal, ser indiferentes y algunas veces hasta demasiado melosos, pero siempre serán personas que no se olvidarán pase lo que pase. Tengo una buena memoria para los rostros, casi nunca se me olvida un rostro, y son 300 personas con las cuales compartí de alguna u otra manera un espacio, pero que ya no están. Cada uno es un universo, lleno de conflictos y alegrías pero que no se pueden desechar. Incluso ahora que he caído en las denigrantes garras del facebook, me encuentro con esos mundos que ya no están en mi espacio, pero que han continuado desarrollando su vida. Cómo es posible que alguien pueda olvidar 300 rostros, 300 vidas, 300 muertes. En mi Colombia querida eso pasa constantemente, y no hemos olvidado sólo 300, hemos olvidado millones de personas. Por eso hoy cuando veía esos rostros, sentía vergüenza por algo que nosotros hacemos constantemente, olvidamos lo que somos, lo que hemos sido y lo que hemos hecho.

La tierra que atardece


Hoy me ha invadido la melancolía. No sé porque empiezo a contar esta especie sentimiento existencial en un espacio tan público como éste blog, quizás porque como nadie lo visita, puede convertirse en un lugar secreto para que pueda descargar un poco ese sentimiento que me está invadiendo por estos días. ¿Qué es la melancolía? ¿Cómo podemos definir ese estado tan singular que no es ni felicidad, ni tristeza? Los recuerdos de algunas mujeres llegan a mi mente. Siempre detrás de mis recuerdos se encuentra agazapada una mujer. La palabra agazapada puede ser muy horrible, pero las presiento como ese tigre que acecha a su presa esperando el zarpazo final. A veces siento que mi vida podría haber sido de otra manera se hubiese dado un determinado giro, pero como alguien dijo: "somos una marionetas del destino". Varios sentimientos se unen y me generan dicha melancolía. El recuerdo de amor perdido, el recuerdo de un amor apasionado, el recuerdo del amor siniestro y conflictivo, el recuerdo de un amor que fue y que ya no quiere ser. Las mujeres me agobian, o mejor, sus recuerdos. Esos recuerdos que han sumado mi vida de una otra manera, para creer que entiendo de alguna forma ese mundo femenino. Esas mujeres imposibles y anónimas que pasan por la calle, su belleza indescriptible que me inspira todos los posibles malos pensamientos. La persona que se sienta a mi lado y con la cual jamás podré dialogar. La estudiante que me lanza sus miradas perturbadoras, pero que por mi condición nunca le responderé (no soy ningún mogigato, pero ya no soy el profesor que encantaba a sus alumnas). Ese posible amor perdido que nunca se manifestó, pero que de un momento a otro el destino me lo enfrenta, y entonces lo devoro hasta hastiame. Esa culpa de amar a alguien que no quiero amar, pero que por mi instinto animal, me lanzo a sus pies. Así pues, todos estos recuerdos me permiten un ambiente melancólico que me devora las entrañas de una manera fabulosa. Me siento viejo y jamás pensé que lo diría. Tal vez sea la sensación de haber conocido muchas personas, pero ya no tener nadie a mi lado. Así es la vida y la verdad no quiero tener a nadie eternamente. La única persona con la que me gustaría vivir por un buen tiempo es con mi hijo, pero ya llevo más de un año sin verlo, y eso me destruye cada día. Debí haber tenido un hijo con cada mujer con que estuve, sin embargo no sería una nostalgia sino muchas. En fin, no puedo quejarme más y tampoco vale la pena hacerlo. Deberíamos arrepentirnos de muchas cosas pero ya es demasiado tarde, por lo tanto voy a tratar de disfrutar este momento melancólico y a sumirme en un estado profundo de los recuerdos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Bienvenido el infierno


Estoy muy contento por estos días, pues acabo de escuchar algo muy importante en palabras del Papa Benedicto XVI. El infierno sí existe. Esto implica que nuevamente tendremos tres espacios más allá de la muerte: el infierno, el purgatorio y el paraíso. Sin lugar a dudas el hecho de que el infierno exista ya es un descanso para muchas personas que no teníamos certeza hacia dónde íbamos a acampar después del final inminente. El Papa Juan Pablo II ya había pensado en negar la existencia de este espacio tan asombroso, quizás como una prevención para que su alma tuviera una paz duradera y no estuviera destinada a ése mundo lleno de jerarcas de una celestial institución como la Iglesia Católica. Tenía que acabarlo por si las dudas. El Papa Juan Pablo II creo que hizo la siguiente lógica: como estoy destinado a arder en el infierno por toda la eternidad, la mejor forma de evitar ese problema es acabando el infierno. Cualquier parecido con un presidente latinoamericano es pura coincidencia. De todas maneras, un método seguro de evadir nuestras desgracias y miserias es creer que no existen. Dante ya lo había predicho en su Divina Comedia: los Papas están destinados a un socavón de fuego y sólo podrán mostrar sus pies al público visitante. Sin embargo este Papa ha oído nuestras plegarias, quizás para él el infierno le traiga una nostalgia de sus épocas mozas cuando trabajaba en la Gestapo y sacrificaba personas en los campos de concentración. Para mí me parece un lugar espectacular por todo lo que muestra Dante. Nuestros errores tarde que temprano se pagan, allí es donde nos vemos las caras. Sin embargo me parece maravilloso vivir eternamente como Paolo y Francesca, envueltos en un frenesí de placer hasta el fin de los tiempos. Ese es el infierno que yo quiero. En todo caso no creo que haya mucha diferencia con este mundo. Sin lugar a dudas encontraremos a nuestros queridos dirigentes recogiendo sus herramientas para el trabajo eterno. Encontraremos a don Berna, Macaco, Jorge 40 y Uribe buscando las motosierras para continuar su labor eficiente. Encontraremos al secretariado de las FARC preocupados por generar nuevos campos de concentración, esta vez más bonitos, con menos preocupaciones, mejores cadenas y alambres, y más custodiados. Bienvenido el infierno y espero que ningún Papa vuelva a desaparecerlo por intereses personales. Siempre ha existido, desde el comienzo de los tiempos, desde el comienzo del cristianismo, desde el comienzo del mismo Dios. Ojalá nunca no lo vuelvan a quitar, es tan nuestro como la bandera de Colombia, el sisben, la tutela, Pacheco, Jota Mario, los chismes de farándula, RCN, Julito y la W, y por supuesto, nuestro héroe nacional, URIBITO...

lunes, 4 de febrero de 2008

¿Y después de la marcha, qué?

Hoy estuve en la marcha, y lo hice por pura coincidencia, lo hice indirectamente, crucé la calle, camine hacia la plaza de Bolívar unas cuadras y frente al palacio de justicia observé toda la congregación de personas que estaban gritando no a las FARC. En ese momento saqué varias conclusiones que en verdad me ponen en una incertidumbre sobre lo que puede ser el futuro de este país. Por una parte los grandes derrotados sin lugar a dudas son las FARC. Definitivamente perdieron legitimidad frente un país como Colombia, nadie los quiere, nadie quiere quererlos, nadie se siente respaldado por una guerrilla como ésta. Y si yo fuera de las FARC estaría muy preocupado, pues cualquier lucha por un ideal político se ha perdido. El ganador discutiblemente es Uribe, pero más que Uribe, los medios de comunicación que los representan. Los grandes medios de comunicación como RCN ganaron porque en verdad convocaron a todo un mundo de personas y llegaron a su cometido, desprestigiar a la guerrilla colombiana, derrotarla como una representación del pueblo colombiano. Sin embargo yo me pregunto una cosa, ¿las FARC acaso les importa hoy en día llegar al poder político por medio de la democracia? Jamás ganarán una contienda política, ellos lo saben y no les interesa jugar ése juego, ya le hicieron a finales de los años 80ª y terminaron por ser derrotados y asesinados sus mejores ideólogos. Quedaron los que sabían del negocio, los que no podían enfrentar una discusión. Las FARC no les interesa una negociación política porque su negocio es el narcotráfico, y no van a perder un poder y un territorio que lo tienen ganado desde hace mucho tiempo. Las personas que desfilaban por la marcha habían sido víctimas de una u otra manera de la guerrilla, personas de la ciudad que miran el problema desde la perspectiva de los medios de comunicación y que de esa manera tiene que salir a dar su grito de protesta. Sospecho que la guerra va a continuar, que bajo ninguna circunstancia la guerrilla se va amilanar, su poder no es el pueblo sino el poder del dinero y del territorio. Esas selvas que nos parecen dantescas son el espacio al que están condenadas a vivir por más de 40 años, y eso los vuelve fuertes, son dos mundos totalmente diferentes encontrados en un mismo país, y que por lo que pude apreciar hoy en la marcha, jamás podrán reconciliarce.

sábado, 2 de febrero de 2008

Un Infierno tan temido

Como sugerencia de nuestro amigo Huitzilopochtli me he tomado la libertad de crear un segundo blog donde se publiquen todo tipo de textos: “algunos poemas, cuentos -y el que la tenga: novela-?”. Espero que el título les guste, es tomado de un cuento de Onetti y me parece muy simbólico pues es al infierno de la escritura -que tanto tememos- al que estamos destinados a llegar. Ojalá se produzca un espacio de comunicación creativa y se pueda aprovechar. Las personas que estén interesadas me pueden mandar su correo y yo les daré un invitación. Para hacer parte de este blogger se tiene que crear una cuenta en gmail, pero luego ya será usuario y si se desea, administrador. Cualquier duda me pueden escribir al correo, yo con mucho gusto trataré de resolverlas. El hipervínculo se colocará a un costado donde se puede llegar al otro blog. http://elinfiernotantemido.blogspot.com/. 

viernes, 1 de febrero de 2008

Un día de Marcha


Estimados amigos, el comentario existencialista de la presentación anterior sólo es una invitación a que hagan parte de este espacio para poder desarrollar un diálogo internauta con aquellas personas que por una u otra razón están alejadas, en espacio mas no de corazón. Pongo a su disposición el blog y si alguno desea convertirse en autor puede solicitarlo y yo de inmediato le enviaré la autorización para que pueda publicar en éste espacio sobre lo deseen. Hoy viernes todo el mundo habla de la marcha. Por estos días me llegó un correo de un amigo donde explicaba el porqué no iba a marchar el próximo lunes. No me imagino lo que va suceder ese día, bueno tal vez sí, ya ocurrió una vez con la marcha en contra de la muerte de los diputados del Valle, y no me extraña que vaya sucede lo mismo, es decir, el gobierno de nuestro querido presidente Uribito nuevamente saldrá favorecido, las encuestas llegarán al 97% y la guerrilla definitivamente tendrá que acabase por orden, obra y gracia de la voz de Dios, es decir la voz del pueblo y la voz de Uribe. El día lunes estaré dictando clase en la Universidad, existe un permiso para que la gente asista a la marcha y sin embargo mi gran preocupación será el problema de las tildes y de los acentos. Si no promuevo la marcha entre los estudiantes, quizás alguno piense que yo apoyo a la izquierda, al polo, o en otras palabras, a la guerrilla, es decir soy de las FARC. Si promuevo la marcha tal vez otro piense que estaré apoyando a un estado fascista y paramilitar, daré vía libre al rescate militar y al sacrificio de los secuestrados. En fin, estaré apoyando a los buenos y condenando a los malos. Cualquier parecido con un colombiano de clase media-casi baja es pura coincidencia. Cuántos colombianos oyen los comentarios exagerados, grandilocuentes, casi viscerales de los periodistas en la radio y la televisión, y cuántas personas se preguntan por qué si los actos de la guerrilla son bárbaros y hay que condenarlos, nunca se han realizado marchas en protesta contra la masacre realizadas por los paramilitares durante los últimos 20 años. Nadie las va a promover, es algo que carece de importancia. A quien le importa las más de 5000 personas encontradas en fosas comunes en el departamento del Putumayo, por no citar sino sólo un caso. Quizás a sus familiares, ¿no? Cuándo se hará una marcha por ellos, cuándo las personas saldrán a protestar en masa por aquellos campesinos humildes que iban hacia su trabajo y fueron bajados de un bus para luego ser ajusticiados (es decir les cayó el peso de la justicia porque se lo merecían según sus victimarios). Esas personas no tienen derecho a una protesta. Estoy de acuerdo que las cosas se tienen que manifestar de manera masiva para que se conozcan los problemas, pero no estoy de acuerdo que un problema oculte otro problema. El próximo lunes seré un observador y estaré en desacuerdo con los métodos de la guerrilla, pero para nada voy apoyar el show que se va levantar ese día y estigmatizar a los buenos y los malos. Por otra parte quisiera pedir disculpas por algún error tipográfico que se pueda presentar en este espacio. Aunque enseño ortografía y redacción, caigo algunas veces en ese pecado que tanto trato de combatir. Quizás sea un problema religioso como los inquisidores de la edad media que trataban de castigar al demonio en el pueblo cristiano a pesar de que ellos lo llevaban inmerso en el seno de su espíritu.